Viajes
Hay una diferencia importante entre viajar para conocer un lugar y viajar para entenderlo.
En mis viajes, esa diferencia es el punto de partida.
En la mayoría de los casos, el viaje se organiza alrededor de lo que se quiere ver: los sitios, las rutas, los puntos de interés. Se recorre, se observa, se registra. Pero rara vez se entra en contacto real con lo que hace que ese lugar sea lo que es.
Cuando el propósito es la fotografía, esa diferencia se vuelve todavía más evidente.
No se trata únicamente de llegar con una cámara y levantar un catálogo de imágenes. Se trata de desarrollar la capacidad de reconocer lo que está ocurriendo frente a ti, de entender el contexto en el que estás entrando y de construir una relación con las personas y los espacios que estás observando.
Por eso, estos viajes no están pensados como recorridos turísticos, sino como procesos de inmersión.
A lo largo del tiempo he construido relaciones cercanas en ciudades como La Habana y Medellín. No son lugares que simplemente conocí al visitar, sino espacios en los que he vivido. Esa diferencia cambia por completo la dinámica, porque permite entrar desde otro lugar: no como observador externo, sino desde una relación más cercana con la realidad que se está viviendo.
Quienes participan en estos viajes no llegan únicamente a fotografiar, sino a integrarse —aunque sea por unos días— a una dinámica distinta. A conversar, a escuchar, a recorrer espacios que no siempre están abiertos al visitante casual, y a entender lo que están viendo desde una perspectiva más profunda.
En ese contexto, la fotografía deja de ser un ejercicio técnico y se convierte en una forma de traducción. No se trata de “tomar fotos”, sino de construir imágenes que respondan a una experiencia real, a una comprensión más clara de lo que está ocurriendo.
Los viajes se organizan en grupos reducidos, lo que permite trabajar de manera cercana y acompañar el proceso de cada persona. Más que seguir un itinerario rígido, se construye una secuencia de experiencias que combinan exploración, conversación y trabajo fotográfico.
En La Habana, el ritmo de la ciudad, su historia y la forma en la que se vive el espacio público abren una posibilidad distinta de observar. En Medellín, y en extensiones hacia Bogotá o Cartagena, el contraste entre contextos, dinámicas sociales y formas de habitar el entorno permite ampliar aún más la mirada.
Cada viaje es distinto, pero todos parten de la misma intención: desarrollar una forma más consciente de ver, entender y comunicar.
Si te interesa conocer más sobre estos viajes, puedes escribirme a sergio@lubezky.com.
Si quieres entender cómo se trabaja esta forma de observar en un entorno más cercano, puedes explorar cómo aprender a ver.